jueves, febrero 06, 2014

Casquería en la Charcutería I

. jueves, febrero 06, 2014



El día no había empezado mal.
Era una típica mañana de invierno. Los primeros rayos del sol hacían que tuviera la sensación de que la temperatura era agradable, pero en cuanto alguna nube furtiva lo ocultaba, la brisa del norte me clavaba un puñal de frío en mi ya de por sí maltrecha espalda.
La noche anterior me había acabado acostando a las tantas. Como siempre había sucumbido a la tentación y me había dejado liar.
Con los ojos aún entrecerrados por la falta de sueño cogí el coche y me dispuse a dar comienzo a mi sesión de recados.
Mi primera parada fue el taller donde tenía la motosierra para reparar el tirador que había roto unas semanas antes. Ya sabía que la reparación no iba a ser barata porque la pieza tenían que mandarla venir ex profeso de la casa oficial y además no la vendían por separado así que tenía que por culpa de un puto muelle de mierda comprarme el tirador entero.
El dueño estaba atendiendo a un señor mayor y a su hija, que estaban viendo una desbrozadora para el yerno, así que tras unas amables palabras me indicó que debía esperar un rato.
Como los clientes se empeñaron en preguntar acerca de las virtudes y precios de todas y cada una de las máquinas allí expuestas el rato se fue convirtiendo en minutos, en muchos minutos, tantos que más que horas me llegaron a parecer años o tal vez lustros. Ni que decir tiene que tanta espera provocó que el señor mayor sea a partir de ahora “el puto viejo” y su hija “la puta gorda”.
Viejo y gorda no contentos con darles mil y una vuelta a las puñeteras desbrozadoras también pusieron sus asquerosos ojos sobre los cortacéspedes.
-¡Pero si estamos en el puto invierno, me cago en dios, ya!, pensaba yo
-Mira papá, este es el que mejor nos iría que el que tenemos está ya muy cascado y cualquier día nos deja tirados.
Esa misma suerte le deseaba yo al viejo y a la gorda, se notaba que ella era la típica hija aprovechada que le quiere quitar los cuartos que, viendo a qué alturas de mes estamos, supongo acaba de ingresar el viejo. Y él es el típico viejo resabiado que conoce bien a la hija que tiene y que no va a caer en la trampa tan fácilmente.
El dueño del taller oliéndose que no iba a haber venta aprovechó la ocasión para endosarles un catálogo de con otros modelos que no tenía en stock y poder así, mientras ellos lo ojeaban, y la gorda le señalaba un puto soplahojas de esos; atenderme a mí.
El dueño tras entregarme la máquina y enseñarme la pieza rota me dijo con una gran sonrisa en la boca, que al final la cosa me iba a salir ¡¡¡¡5 euros más barata!!!! No soy un experto en el tema pero creo que eso no te da ni para una mamada de una puta de carretera.
En fin, que tras ver como el dueño me encendía la máquina para mostrarme que todo estaba en perfecto estado y me daba unos consejos de uso para evitar en la medida de lo posible la pieza se volviera a romper, metí la máquina en el coche y salí pitando para el supermercado.
Miré el reloj del salpicadero y me maldije para mis adentros.
-¡Mierda!, ya es hora punta de marujas, seguro que hay cola en la charcutería.
Mi plan para el resto de la mañana consistía en hacer la compra, volver a casa cagando leches, hacer las camas, ducharme, prepararme algo de comer y a currar.
Los problemas empezaron en el parking. Un señor de avanzada edad, al que a partir de ahora llamaré “el puto senil del coche” estaba atrancando la entrada tratando de intentar aparcar su Citroen C5 en una plaza donde ni tan siquiera cabía un Smart. Al final la atronadora sinfonía de cláxones de la orquesta de vehículos que hacían cola amenizando la maniobra hicieron cambiar de idea al puto senil de los cojones, que se largó a una velocidad que sería de vértigo, pero para un caracol reumático. Y detrás de él toda la orquesta antes mencionada, pero ahora ya sin hacer sonar los instrumentos.
No había sitios libres en las plazas de aparcamiento así que tuve que esperar a que alguien se largara. De pronto veo a una señora de mediana edad cruzando entre los coches y llave en mano activando la apertura remota del vehículo, vitoreada por éste con un alegre destello de la intermitencia.

 -Esta acabará pronto, pensé.
Pero estaba equivocado, muy equivocado. Porque poco después apareció el que supongo sería su marido empujando un carrito cargado hasta el límite y más allá y no de bultos grandes precisamente.
Otros tantos lustros como en el taller pasaron hasta que por fin el carro estaba vacío. No sabéis como odio esa maldita manía de las mujeres de ordenarlo todo, hasta en el puto maletero!!!
Media eternidad le llevó luego devolver el carro a su sitio y casi el doble acomodarse en el coche, encenderlo y abandonar la plaza.
Aparqué como alma que lleva el diablo y salí a la carrera del coche hacia el típico aparatejo ese de coger número en la cola de la charcutería (no me preguntes el nombre porque ni lo sé ni me importa una mierda).
-¡¡¡7!!! ¡¡¡Sólo faltan 7 y ya me toca!!!, grité para mis adentros presa de la euforia.
-¡En menos de lo que tardo en cargar el resto de cosas de la lista ya me habrá tocado! ¡Y sin necesidad de buscar tickets abandonados por el suelo!
Otra vez estúpido de mí estaba equivocado. Quedaban 7, sí, ¡pero vaya 7 …!

Para no tener que perder el tiempo tratando de abrirme paso entre típica la maruja ensimismada que escudriña la estantería y su carro estratégicamente colocado de modo que pueda estorbar lo máximo posible a los demás clientes, había aparcado el mío al lado de un congelador, justo en la zona donde estaban las tartas heladas, lugar de poco tránsito en esta época del año. Me deslizaba entre los estantes con la agilidad, rapidez y destreza de un profesional del patinaje artístico, escogiendo este o aquel producto y pensando en la bronca que me esperaba en casa si me equivocaba y no traía exactamente el que mi mujer me había pedido (cosa bastante frecuente por mi parte, todo hay que decirlo). De vez en cuando levantaba la cabeza y miraba hacia el marcador donde indicaba en qué número iba en la charcutería, no fuera a ser que hubiera ausencias y que me pasara la vez sin darme cuenta.
 
En cuanto comprobé que el número era exactamente el mismo que cuando había llegado me pregunté qué cojones estaría pasando con ese o esa cliente. Los dos siguientes se sucedieron a una cadencia normal, así que tras asegurarme que ya tenía todo en el carro dirigí mis pasos al mostrador y empecé a observar el estado del corte del jamón para luego poder tener claro cual elegir. A mi lado una señora parecía que estaba empeñada en llevarse a casa 100 gramos de todos y cada uno de los productos que había en el expositor.
Eché una mirada furtiva al reloj, ¡era tardísimo!, no me daría tiempo a hacerlo todo, tenía que dejar algo atrás. Pensé en las camas, pero me vino a la mente la imagen de la cara de mi mujer con gesto desaprobatorio y el ceño fruncido diciendo:
-¡Si no te hubieses levantado tan tarde tendrías tiempo de sobra! ¡Qué asco de marido por dios! ¡No se te puede dejar ningún cargo! ¡Y encima me traes los yogures con Omega 3 en vez de los normales, sabiendo que eso es un engañabobos!
-¡No, las camas no pueden quedar sin hacer! Qué más me queda … ¡Ah sí, la ducha!
Levanté un poco el brazo y acerqué mi nariz al sobaco, sí, so-ba-co, en masculino, que ya sé que el de las mujeres se llama axila, un nombre mucho más fino, será porque va depilado y huele mejor.
Bueno, llámese axila o sobaco el mío cantaba un poco, pero nada que un poco de desodorante en abundancia pudiera mitigar. Seguidamente (y con discreción) palpé la zona de mi entrepierna para ver si algún tipo de olor había traspasado la tela del pantalón. La verdad es que un poco olía, pero nada que colonia en abundancia y un apresurado cambio de gayumbos no pudieran remediar.
Ya estaba decidido, no me ducharía y a ser necesario me comería los fideos con almejas fríos. Justo hoy con lo justo que voy me toca ir abriendo almejas. ¡Hay que joderse!, nunca mejor dicho.
La maruja de los 100 gramos por fin había terminado y ahora era el turno de otra que al parecer tenía infinitamente menos prisa que servidor y que estaba más interesada en la charla que mantenía con otra de su gremio más que en la compra en sí, lo que provocó que fuera interrumpida una y otra vez por la dependienta preguntándole qué más quería, que para más inri no era poco, por cierto.
Después de haberme dado tiempo a cagarme en todo su árbol genealógico por fin terminó también.
-¡Ya sólo faltaba una!
-¡El 35!, cantó la charcutera, ¡el 35!
Yo tenía el 36, y el 35 parece que ya no estaba, ¡por fin!
-¡EL 35!, volvió a repetir la charcutera, esta vez más alto, mientras yo la taladraba con la mirada y pensaba.
-¡Pulsa ya de una santísima vez el puto botón, fea de los cojones!
Cuando el engendro con delantal (en algunos supermercados parece que las contratan con el fin de espantar a los clientes del sexo masculino) estaba a punto de pulsar el botón que daría paso a mi número, una voz chillona proveniente de la carnicería aledaña contestó.
-¡Yo!, soy yo, perdona, es que me están atendiendo también allí y no te había oído.
-¡Bien por ti, zorra!, pensé para mis adentros al verla acercarse a una cincuentona vestida como una quinceañera. Luego miré al suelo, suspiré y recé para que la compra fuera corta.
Así parecía en un principio. La cincuentona se dividía entre el puesto de la carne y el de los embutidos sin hacer esperar a ni al engendro ni al carnicero que parece que se hubiera comido él solito a una vaca entera.
En ese momento se le acercó una chica de cara avinagrada, con edad para ser su hija o su nuera y tras saludarla le susurró algo al oído seguido de un intercambio de cuchicheos y miradas furtivas hacia los embutidos y acompañado todo de señales con el dedo índice.
Entonces la avinagrada se quedó en la carnicería mientras la cincuentona se colocó justo a mi lado y empezó a repetir varios productos que ya había pedido, pero esta vez de marca distinta y un ciento de ellos más de nuevo cuño.
Esa fue la gota que colmó el vaso. Sentí como la sangre subía velozmente por mi cuerpo arriba, como se me hinchaban las venas del cuello como si fuesen delgadas pollas, como mi corazón latía desbocado, me palpitaban las sienes y me salía espuma por la boca.
-¡¡¡¡¡¡¡CAGONDIOOOOOOOOSSSSSSS!!!!!!

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