sábado, febrero 08, 2014

Casquería en la Charcutería II

. sábado, febrero 08, 2014
1 Perdieron el tiempo aquí




Preso de una furia desbocada y ante el asombro y la estupefacción de los allí presentes rompí en mil pedazos el ticket y salí como una exhalación rumbo a la salida apartando de mala manera a todo aquel  o aquella que se me cruzaba por el camino. Cogí el carro y me dirigí a toda ostia hacia las cajas y me encontré con una cola enorme. Justo detrás de mí se colocó la maruja cotorra que había estado antes en la charcutería de charla con su amiga y con una sonrisa en la cara va y me pide que la deje colar que yo llevo el carro más cargado y ella solo una cesta.
-¡CLARO!, le dije con la mandíbula temblando, ¡¡¡COMO NO, HIJA DE PUTA!!! (a partir de ahora y muy a mi pesar esas 2 palabras se van a repetir demasiadas veces en mi relato. Has de disculpar pero mi repertorio léxico para momentos de ira extrema es muy limitado.
-¡AHORA MISMO TE ABRO PASO!
Acto seguido cogí carrerilla empujé el carro con toda la fuerza que me proporcionaban la ira, la furia y la rabia que sentía en ese momento.
Un coro de gritos de dolor, aullidos, chasquidos de huesos rotos, envases de cristal que caen al suelo y más ruidos que ahora mismo soy incapaz de recordar acompañaron al viaje del carro hasta que la piña de gente fue tal que no pudo avanzar más. Entonces lo dejé abandonado a su suerte y corrí hacia el coche dispuesto a largarme de aquel infierno de una vez por todas.
Pero llegué y la vi, allí estaba, justo frente al asiento del acompañante, inusualmente limpita y susurrándome.

-¡Cógeme!, ¡hazme gozar!
Y vaya si la cogí. La saqué del coche, la puse en el suelo, pisé el asa con el pie, la cebé, tiré del cordel. Ella obediente encendió a la primera, le dí 3 o 4 acelerones para asegurar que no se iba a apagar y con ella en alto me hice paso entre el gentío que víctima de su fatal curiosidad se agolpaba en la puerta.
Una torrencial lluvia de sangre, carne, vísceras y astillas de huesos azotaba mi cara en mi frenético trayecto en pos de mi objetivo. Allí estaba, la puta cincuentona aún seguía en la charcutería como si nada. Sin darle tiempo a reaccionar la degollé allí mismo al tiempo que gritaba.
-¡¡¡¡MUEREEEEE, HIJA DE PUTA!!!!
 
El cuerpo ya sin vida se desplomó y una vez en el suelo aproveché para abrir en canal todo su conducto digestivo, desde lo que le quedaba de cuello hasta el recto, cosa que por cierto al hallarse por la parte posterior me obligó a hundir con fuerza la espada de la motosierra en su vientre hasta notar que la punta salía por donde tenía que salir, creo que no hacen falta más explicaciones. Luego rellené toda su cavidad abdominal con todo el embutido que se había comprado mientras gritaba:
-¡¡¡ASÍ REVIENTES CON TANTO EMBUTIDO, ZORRA!!!!
Supongo que fue algún tipo de alucinación provocada por la enorme descarga de adrenalina junto con el olor a gasolina mezclado con el de las vísceras e intestinos de la cincuentona, el caso es que me pareció ver a la que debía ser hija o nuera de la ya difunta dirigirse a mí de modo airado gritando.
-¿Qué haces, gilipollas?, ¿no ves que aún no había terminado de pedir?
-¡¡¡¡¡¡HIJADEPUTAAAAAARRRRGGGGHHHHH!!!!!, grité mientras me abalanzaba sobre ella y la cortaba en pedazos como quien desgaja una naranja.
De pronto llegó a mis trastornados oídos otra voz femenina, la del engendro de la charcutera, que ajena a lo que estaba pasando justo frente a ella seguía con sus rutinas. Posé mi vista en el marcador y me fijé que allí estaba orgulloso mi 36,  justo el mismo número que ella estaba cantando. Sin tiempo a dejarme abrir la boca accionó el pulsador dando paso al número 37. Pero antes de que le diera tiempo a siquiera abrir la boca, salté el mostrador y con unas cuantas certeras dentelladas de la motosierra la vida abandonó su cuerpo. Cuerpo que colgué con esmero, donde antes había un cordero (hay qué ver qué poético ha quedado esto último, JAJAJAJA!!!!). Y ahora sí, sin nadie que osara a interponerse en mi camino salí corriendo del local y llegué al coche. Tras colocar con mimo la fiel y obediente máquina en su sitio y tras haber arrancado el motor del vehículo me dispuse a abandonar aquel infierno. A punto estaba de enfilar la salida del sótano en el que se hallaba el parking cuando un C5 me cortó el paso.
¡ERA EL VIEJO!!! ¡¡¡¡EL PUTO VIEJO SENIL DE LA ENTRADA QUE AÚN NO HABÍA LOGRADO APARCAR!!!!
Paré el motor, cogí mi arma preferida y en pocos segundos le ahorré un trabajo sin duda próximo en el tiempo a la Dama de la Guadaña. Para ensañarme luego con el vehículo hasta el punto de trocearlo de tal manera que ahora parecía un Mini. Podía haber sido más, pero la falta de gasolina me lo impidió.
Ya sin energía para movernos me senté al lado de mi fiel compañera y caí presa de un profundo sueño. Sueño del que no desperté hasta el día en que en una sala de justicia un juez me absolvía de mis atroces crímenes tras un brillante alegato del chupasangres de mi abogado en el que promulgaba dos únicas palabras: LOCURA TRANSITORIA.

Por primera vez en la vida di gracias a dios por haberme permitido nacer en España y tras felicitar al picapleitos salí al exterior.
El sol brillaba orgulloso, ni una sola nube le obstaculizaba hoy. Frente a mí se agolpaba una multitud de periodistas, curiosos, transeúntes que pasaban por allí y hasta un grupo de chicas que atraídas por mis atrocidades portaban unas finas camisetas estampadas con fotos de la motosierra y salpicaduras a modo de sangre, y que a duras penas conseguían tapar unos pechos generosos.
Mi vida fue mucho mejor a partir de ahí. Mi mujer jamás me levantó la voz, me llovían infinidad de ofertas para salir en televisión. Ana Rosa parecía la más interesada, Susana Griso no le iba a la zaga. Luego que si quería tener mi propio reality, que si Iker Jiménez me proponía un cara a cara con el famoso Chupacabras …
Y por no hablar de las ofertas de trabajo, cárteles de la droga, mafias sanguinarias, políticos y banqueros corruptos. Todos se peleaban por contar con mis servicios.
Ni que decir tiene que mi vida cambió a mucho mejor y ahora mi libro compite en la lista de los más vendidos con Dan Brown, Ken Follet, Vargas Llosa y pasa muy por encima del enésimo de Aznar o el último del pelagatos de ZP.
Solo me queda decir una cosa.
¡CUIDADITO CON LO QUE HACES EN LA CHARCUTERÍA! TE ESTOY VIGILANDO

jueves, febrero 06, 2014

Casquería en la Charcutería I

. jueves, febrero 06, 2014
0 Perdieron el tiempo aquí



El día no había empezado mal.
Era una típica mañana de invierno. Los primeros rayos del sol hacían que tuviera la sensación de que la temperatura era agradable, pero en cuanto alguna nube furtiva lo ocultaba, la brisa del norte me clavaba un puñal de frío en mi ya de por sí maltrecha espalda.
La noche anterior me había acabado acostando a las tantas. Como siempre había sucumbido a la tentación y me había dejado liar.
Con los ojos aún entrecerrados por la falta de sueño cogí el coche y me dispuse a dar comienzo a mi sesión de recados.
Mi primera parada fue el taller donde tenía la motosierra para reparar el tirador que había roto unas semanas antes. Ya sabía que la reparación no iba a ser barata porque la pieza tenían que mandarla venir ex profeso de la casa oficial y además no la vendían por separado así que tenía que por culpa de un puto muelle de mierda comprarme el tirador entero.
El dueño estaba atendiendo a un señor mayor y a su hija, que estaban viendo una desbrozadora para el yerno, así que tras unas amables palabras me indicó que debía esperar un rato.
Como los clientes se empeñaron en preguntar acerca de las virtudes y precios de todas y cada una de las máquinas allí expuestas el rato se fue convirtiendo en minutos, en muchos minutos, tantos que más que horas me llegaron a parecer años o tal vez lustros. Ni que decir tiene que tanta espera provocó que el señor mayor sea a partir de ahora “el puto viejo” y su hija “la puta gorda”.
Viejo y gorda no contentos con darles mil y una vuelta a las puñeteras desbrozadoras también pusieron sus asquerosos ojos sobre los cortacéspedes.
-¡Pero si estamos en el puto invierno, me cago en dios, ya!, pensaba yo
-Mira papá, este es el que mejor nos iría que el que tenemos está ya muy cascado y cualquier día nos deja tirados.
Esa misma suerte le deseaba yo al viejo y a la gorda, se notaba que ella era la típica hija aprovechada que le quiere quitar los cuartos que, viendo a qué alturas de mes estamos, supongo acaba de ingresar el viejo. Y él es el típico viejo resabiado que conoce bien a la hija que tiene y que no va a caer en la trampa tan fácilmente.
El dueño del taller oliéndose que no iba a haber venta aprovechó la ocasión para endosarles un catálogo de con otros modelos que no tenía en stock y poder así, mientras ellos lo ojeaban, y la gorda le señalaba un puto soplahojas de esos; atenderme a mí.
El dueño tras entregarme la máquina y enseñarme la pieza rota me dijo con una gran sonrisa en la boca, que al final la cosa me iba a salir ¡¡¡¡5 euros más barata!!!! No soy un experto en el tema pero creo que eso no te da ni para una mamada de una puta de carretera.
En fin, que tras ver como el dueño me encendía la máquina para mostrarme que todo estaba en perfecto estado y me daba unos consejos de uso para evitar en la medida de lo posible la pieza se volviera a romper, metí la máquina en el coche y salí pitando para el supermercado.
Miré el reloj del salpicadero y me maldije para mis adentros.
-¡Mierda!, ya es hora punta de marujas, seguro que hay cola en la charcutería.
Mi plan para el resto de la mañana consistía en hacer la compra, volver a casa cagando leches, hacer las camas, ducharme, prepararme algo de comer y a currar.
Los problemas empezaron en el parking. Un señor de avanzada edad, al que a partir de ahora llamaré “el puto senil del coche” estaba atrancando la entrada tratando de intentar aparcar su Citroen C5 en una plaza donde ni tan siquiera cabía un Smart. Al final la atronadora sinfonía de cláxones de la orquesta de vehículos que hacían cola amenizando la maniobra hicieron cambiar de idea al puto senil de los cojones, que se largó a una velocidad que sería de vértigo, pero para un caracol reumático. Y detrás de él toda la orquesta antes mencionada, pero ahora ya sin hacer sonar los instrumentos.
No había sitios libres en las plazas de aparcamiento así que tuve que esperar a que alguien se largara. De pronto veo a una señora de mediana edad cruzando entre los coches y llave en mano activando la apertura remota del vehículo, vitoreada por éste con un alegre destello de la intermitencia.

 -Esta acabará pronto, pensé.
Pero estaba equivocado, muy equivocado. Porque poco después apareció el que supongo sería su marido empujando un carrito cargado hasta el límite y más allá y no de bultos grandes precisamente.
Otros tantos lustros como en el taller pasaron hasta que por fin el carro estaba vacío. No sabéis como odio esa maldita manía de las mujeres de ordenarlo todo, hasta en el puto maletero!!!
Media eternidad le llevó luego devolver el carro a su sitio y casi el doble acomodarse en el coche, encenderlo y abandonar la plaza.
Aparqué como alma que lleva el diablo y salí a la carrera del coche hacia el típico aparatejo ese de coger número en la cola de la charcutería (no me preguntes el nombre porque ni lo sé ni me importa una mierda).
-¡¡¡7!!! ¡¡¡Sólo faltan 7 y ya me toca!!!, grité para mis adentros presa de la euforia.
-¡En menos de lo que tardo en cargar el resto de cosas de la lista ya me habrá tocado! ¡Y sin necesidad de buscar tickets abandonados por el suelo!
Otra vez estúpido de mí estaba equivocado. Quedaban 7, sí, ¡pero vaya 7 …!

Para no tener que perder el tiempo tratando de abrirme paso entre típica la maruja ensimismada que escudriña la estantería y su carro estratégicamente colocado de modo que pueda estorbar lo máximo posible a los demás clientes, había aparcado el mío al lado de un congelador, justo en la zona donde estaban las tartas heladas, lugar de poco tránsito en esta época del año. Me deslizaba entre los estantes con la agilidad, rapidez y destreza de un profesional del patinaje artístico, escogiendo este o aquel producto y pensando en la bronca que me esperaba en casa si me equivocaba y no traía exactamente el que mi mujer me había pedido (cosa bastante frecuente por mi parte, todo hay que decirlo). De vez en cuando levantaba la cabeza y miraba hacia el marcador donde indicaba en qué número iba en la charcutería, no fuera a ser que hubiera ausencias y que me pasara la vez sin darme cuenta.
 
En cuanto comprobé que el número era exactamente el mismo que cuando había llegado me pregunté qué cojones estaría pasando con ese o esa cliente. Los dos siguientes se sucedieron a una cadencia normal, así que tras asegurarme que ya tenía todo en el carro dirigí mis pasos al mostrador y empecé a observar el estado del corte del jamón para luego poder tener claro cual elegir. A mi lado una señora parecía que estaba empeñada en llevarse a casa 100 gramos de todos y cada uno de los productos que había en el expositor.
Eché una mirada furtiva al reloj, ¡era tardísimo!, no me daría tiempo a hacerlo todo, tenía que dejar algo atrás. Pensé en las camas, pero me vino a la mente la imagen de la cara de mi mujer con gesto desaprobatorio y el ceño fruncido diciendo:
-¡Si no te hubieses levantado tan tarde tendrías tiempo de sobra! ¡Qué asco de marido por dios! ¡No se te puede dejar ningún cargo! ¡Y encima me traes los yogures con Omega 3 en vez de los normales, sabiendo que eso es un engañabobos!
-¡No, las camas no pueden quedar sin hacer! Qué más me queda … ¡Ah sí, la ducha!
Levanté un poco el brazo y acerqué mi nariz al sobaco, sí, so-ba-co, en masculino, que ya sé que el de las mujeres se llama axila, un nombre mucho más fino, será porque va depilado y huele mejor.
Bueno, llámese axila o sobaco el mío cantaba un poco, pero nada que un poco de desodorante en abundancia pudiera mitigar. Seguidamente (y con discreción) palpé la zona de mi entrepierna para ver si algún tipo de olor había traspasado la tela del pantalón. La verdad es que un poco olía, pero nada que colonia en abundancia y un apresurado cambio de gayumbos no pudieran remediar.
Ya estaba decidido, no me ducharía y a ser necesario me comería los fideos con almejas fríos. Justo hoy con lo justo que voy me toca ir abriendo almejas. ¡Hay que joderse!, nunca mejor dicho.
La maruja de los 100 gramos por fin había terminado y ahora era el turno de otra que al parecer tenía infinitamente menos prisa que servidor y que estaba más interesada en la charla que mantenía con otra de su gremio más que en la compra en sí, lo que provocó que fuera interrumpida una y otra vez por la dependienta preguntándole qué más quería, que para más inri no era poco, por cierto.
Después de haberme dado tiempo a cagarme en todo su árbol genealógico por fin terminó también.
-¡Ya sólo faltaba una!
-¡El 35!, cantó la charcutera, ¡el 35!
Yo tenía el 36, y el 35 parece que ya no estaba, ¡por fin!
-¡EL 35!, volvió a repetir la charcutera, esta vez más alto, mientras yo la taladraba con la mirada y pensaba.
-¡Pulsa ya de una santísima vez el puto botón, fea de los cojones!
Cuando el engendro con delantal (en algunos supermercados parece que las contratan con el fin de espantar a los clientes del sexo masculino) estaba a punto de pulsar el botón que daría paso a mi número, una voz chillona proveniente de la carnicería aledaña contestó.
-¡Yo!, soy yo, perdona, es que me están atendiendo también allí y no te había oído.
-¡Bien por ti, zorra!, pensé para mis adentros al verla acercarse a una cincuentona vestida como una quinceañera. Luego miré al suelo, suspiré y recé para que la compra fuera corta.
Así parecía en un principio. La cincuentona se dividía entre el puesto de la carne y el de los embutidos sin hacer esperar a ni al engendro ni al carnicero que parece que se hubiera comido él solito a una vaca entera.
En ese momento se le acercó una chica de cara avinagrada, con edad para ser su hija o su nuera y tras saludarla le susurró algo al oído seguido de un intercambio de cuchicheos y miradas furtivas hacia los embutidos y acompañado todo de señales con el dedo índice.
Entonces la avinagrada se quedó en la carnicería mientras la cincuentona se colocó justo a mi lado y empezó a repetir varios productos que ya había pedido, pero esta vez de marca distinta y un ciento de ellos más de nuevo cuño.
Esa fue la gota que colmó el vaso. Sentí como la sangre subía velozmente por mi cuerpo arriba, como se me hinchaban las venas del cuello como si fuesen delgadas pollas, como mi corazón latía desbocado, me palpitaban las sienes y me salía espuma por la boca.
-¡¡¡¡¡¡¡CAGONDIOOOOOOOOSSSSSSS!!!!!!

miércoles, enero 08, 2014

. miércoles, enero 08, 2014
0 Perdieron el tiempo aquí

El Génesis estaba equivocado. Aquí se demuestra que el verdadero germen del pecado original estuvo en un día cualquiera al comienzo de las rebajas.