lunes, septiembre 04, 2006

MI VIDA EN LA MONTAÑA

. lunes, septiembre 04, 2006

Esta semana tuve a mis sobrinos en casa, vinieron cargados de cuentos, películas, juegos y demás historias infantiles. El DVD echaba humo, que si la Abeja Maya, que si Heidi, que si Cenicienta, que si el Lobo Feroz, etc. Casi ni tuve tiempo para deleitarme con mi gran colección de cine porno bizarro descargada del emule. El caso es que acabé teniendo pesadillas con todos ellos.
Las ráfagas del viento del norte empezaban a arreciar anunciando que el invierno estaba cerca, los pájaros ya se habían ido, el Cámping había cerrado sus puertas. No quedaba ya ningún turista al que estafar, únicamente algún que otro montañero intrépido, de esos que cuanto peor está el tiempo más se motivan, no tendrán nada que hacer los muy hijos de puta. Gracias a dios que de vez en cuando alguno se despeñaba o quedaba atrapado en la nieve, para esos casos siempre tenían a mi abuelo. El, junto a su fiel perro, una hembra de San Bernardo, se encargaban de hacer desaparecer primero los sufrimientos, después los indicios del paso de los accidentados por la zona y finalmente sus pertenencias, que eran almacenadas en un pequeño zulo escondido bajo el piso de la cabaña, en espera a ser vendidas a algún mercader que no preguntara mucho por su procedencia. Los lisiados se alegraban al ver aparecer al enorme can con un pequeño barril colgado del cuello.
-Ahí está el mejor amigo del hombre (y no voy a poner lo del chiste)- lograban decir algunos justo antes de que el animal se avalanzara sobre ellos y le hincara sus afilados dientes en la yugular presionando con fuerza sus mandíbulas sobre el cuello de su víctima. El animal en ese momento se hallaba totalmente excitado por el olor a sangre fresca y no soltaba a su presa hasta que una vez que ésta había perdido gran cantidad de su sangre dejaba de moverse y oponer resistencia hasta que la vida le abandonaba. Entonces el abuelo le hacía un gesto a la perra para que lo soltara, luego le sacaba la ropa y todo lo de valor que llevara encima y guardaba todo en una saca que traía siempre consigo para tales fines, después, un gran trago de coñac era el colofón a un trabajo bien hecho. Finalmente tiraban el cadáver en alguna zona donde fuera fácil que buitres, lobos, zorros y demás alimañas lo pudieran despedazar en poco tiempo, pues en esa época el hambre ya empezaba a hacer mella en ellos.
Yo bajaba hacia el pueblo con el fin de aprovisionarme para la estación de las nieves. De repente la blusa se me enganchó en una zarza y me hice un descosido que me dejaba a la vista el pequeño sujetador ...
¡Esperad!, ¿he dicho blusa y sujetador? Miré mi atuendo de arriba abajo. Pues sí, llevaba una blusa, que en su dia fue blanca pero que ahora tenía un tono amarillento a causa del uso repetido de lejías baratas. Sobre la blusa un vestido de asas de color rojo que me llegaba casi hasta la rodilla y dejaba a la vista unas magníficas medias de mallas grandes. Calzaba unas botas de "Trekking" que mi abuelo le había sustraído a una de sus víctimas y que eran ideles para andar por la montaña. En el bolso tambien llevaba unos zapatos de tacón de aguja para ponerme una vez llegada al pueblo,, ¡yo era una tia!, claro, estaba soñando, eso lo explicaba todo.
Las últimas hojas del otoño crujían al pisarlas, yo iba saltando alegremente por un sendero descendente que llevaba al pueblo, las primeras casas ya asomaban en mi camino, me cambié de calzado y recordé la causa que me llevaba allí. El abuelo me lo había dejado bien claro:
-Vete al centro comercial y compra todo lo necesario, supongo que el pedido costará lo suficiente para que no pongan pegas a la hora de traerlo aquí. Pero sobre todo no te olvides del coñac, sabes que me es imprescindible para pasar el duro invierno en la soledad de mi cabaña.
-Abuelo, no estás solo, también estoy yo.
-¿Tú?, jajajajaja, no me hagas reir. Desde que has puesto esa mierda de internet por satélite te pasas todo el invierno en tu habitación con eso de los chats, ¿o te crees que no te he visto como te desnudabas delante de la cámara esa del ordenador?. Me tienes muy desatendido, ya sabes que los viejos necesitamos cariño.
-Sabes muy bien que mientras no te laves un poco y dejes de acostarte borracho con la perra no vas a tener nada conmigo.
-Tú lo que eres es una furcia y una asquerosa zorra, por lo menos la perra no me cobra, se conforma con que le eche de comer, no rechista cuando necesito de sus servicios y no pone pegas si voy lavado o no, sabes muy bien que la roña adherida al cuerpo protege del frio y de enfermedades.
Me ponía furiosa el jodido viejo, pero si quería heredar debía vivir allí hasta el fin de sus días, y por mi bien esperaba que fuera pronto.
Horas después ya estaba de vuelta en la cabaña, el transportista que traía la compra había accedido gustoso a traerme consigo con la esperanza de que le mostrara todos mis encantos y me dejara tomar por él, y así había sido. La idea de volver a pie me mosqueaba así que accedí a sus pretensiones, él no puso reparo alguno cuando vio como me quitaba el tampón y lo arrojaba por la ventanilla.
-Es lo que hay- le dije indiferente.
-Da igual, por mí no hay problema, me gusta sentirme "choff".
Luego, instalados en la parte trasera del furgón, follamos como si la vida se nos fuera en ello.
Llamé a la puerta de la cabaña para avisar al abuelo de nuestra llegada (no fuera a ser que el transportista le pillara desnudo con la perra). Dentro nadie contestaba, todo parecía en silencio, supuse que el abuelo había salido, entonces le mostré al del furgón donde debía depositar la mercancía. Mientras este descargaba sentí como un líquido viscoso se deslizaba por el interior de mi vagina, cogí un tampón nuevo y me fui al baño para ponérmelo. Abrí la puerta y me encontré de bruces con mi abuelo. Estaba sentado en el retrete , tenía la cara enrojecida y los ojos parecían que se le iban a salir de las órbitas, un olor nausebundo flotaba por toda la estancia.
-Abuelito, abuelito, ¡qué ojos tan grandes tienes! jajaja
-¡Lárgate, hija de puta y déjame cagar tranquilo!
Me puse el tampón en la cocina y despedí al del furgón, una pena que el viejo estuviera en casa, sino aún le echaba otro kiki.
Luego salí afuera, el viento había cesado, el sol brillaba pero no con la fuerza de meses atrás, me acerqué al roble que había junto a la cabaña, me subí al columpio en el que tanto jugaba de pequeña y empecé a balancearme cada vez con más impulso, entonces le ví.
-Hola nena, ¿quieres que te dé unos "empujoncitos"?- dijo con sorna mientras me observaba con aspecto lascivo.
-No, gracias, sé valerme yo misma con estas manitas que tengo -le dije mientras le mostraba ambas manos abiertas y me llevé un dedo a la boca.
-En fin, una pena, tú te lo pierdes.
-Anda, deja de mirarme las bragas y lárgate.
-Yo de tí me depilaría un poco o usaría lencería negra, ese mato destaca mucho ahí- me dijo mientras se alejaba.
-¡Cerdo!- le grité -ya quisieras tú.
Hay que ver lo que cambia la vida. De pequeños habíamos sido amigos íntimos, cuando la nieve dejaba de cubrir las montañas, él pasaba todos los días por delante de mi cabaña con su rebaño.
Me iba con él y nos pasábamos el día jugando con los cabritillos, saltando de roca en roca, pescando, etc. Yo era muy feliz por aquella época, pero poco a poco y según fuimos creciendo su compañía se empezó a hacer cada vez más y más insoportable, me toqueteaba a todo momento, me hablaba del futuro, de casarnos, tener hijos, etc, yo aborrecía todo eso. Finalmente, un día, mientras me bañaba en una pequeña cascada protegida por abundante maleza le ví, me observaba escondido tras unos matorrales, le descubrí al escuchar un ruído, ¡estaba tocándose sus partes!. Noté su mirada lasciva (en ese momento desconocía el significado de esa palabra) traspasando la barrera de mi intimidad, esa misma mirada que me dirigió cuando estaba en el columpio.
-¿Se puede saber qué haces, cochino?
Al darse por descubierto se le enrojeció el rostro y echó a correr entre los matorrales.
Ese fue el principio del fin de nuestra relación, la pubertad trajo consigo nuestra separación, le aborrecía con toda mi alma, sobre todo cuando un día le ví sodomizando (esta palabra tampoco la conocía por aquella época) a mi cabritillo favorito. A partir de ahí no quise saber nada más de él.
Ahora seguía teniendo el mismo aspecto famélico y huesudo de siempre, gran parte de su cabeza la tenía descubierta debido a su prematura alopecia y habitualmente solía dejarse un fino bigotito que le daba un aire más estúpido del que tenía si cabe. Seguía trabajando de pastor (me compadezco de los pobres bichos de su rebaño) y se rumoreaba que estaba detrás de los asaltos nocturnos a los jóvenes que en verano llenaban el Camping para emborracharse, drogarse y hacer el amor en las tiendas de campaña. Una vez estuvo unos meses internado con varios huesos rotos, según él a causa de una caída de un peñasco, pero según contaban las malas lenguas había sido debido a una paliza de un joven motero que lo había cazado espiándole cuando estaba con su novia.
(Continuará)

1 Perdieron el tiempo aquí:

_LOBEZNO_ dijo...

Me gusta IRCOP, me alegra de que no tomaras en consideración mi observación sobre la trama...
Espero pronto la segunda parte