sábado, julio 15, 2006

UNA TARDE EN LA PLAYA

. sábado, julio 15, 2006

Al final he sucumbido, no me gusta la playa, prefiero el ordenador o tumbarme en el sofá viendo la telenovela que ir a tomar el sol porque sí, para coger un estúpido tono de piel. Y lo peor de todo es tener que mezclarme con manadas de borregos cuyo pastor (la sociedad en que vivimos) les obliga a ir allí a hacer lo mismo.
Mis amigos tambien son de esos estúpidos borregos abducidos por el fenómeno playero y me rallaron hasta que consiguieron arrastrarme hasta una playa cercana.
Tras el consabido atasco, los problemas para aparcar, el paseo desde el coche hasta el arenal y el escaneo de éste en busca de un par de metros cuadrados libres donde colocar la toalla, por fin llegamos.
La marea está bajando, el agua llena de algas y bastante fria, no apetece mucho meterse, mis amigos están concentrados en los exhuberantes pechos de la morena tumbada a pocos metros de nuestra ubicación. A alguno de ellos se le empieza a notar una protuberancia en la entrepierna, pero yo no tengo ese problema, puesto que antes de salir me pasé por el baño y me hice un trabajito, hay que ser precavidos.
En vista de que lo que sucede alrededor no me tienta mucho, me dispongo a leer la prensa diaria. Hoy he conseguido el Qué, el 20 Minutos y el Metro, abro el primero que encuentro y comienzo la lectura.
No iba ni por la segunda página cuando una pelota me golpea en la cabeza, pego un grito pensando que era cosa de niños, pero me tengo que callar cuando veo que se acerca a recoger la pelota un cachas con bañador marcapaquetes, me pregunta que si había algún problema y yo le digo que no, que siga con lo suyo.
Por la tercera página iba cuando un enjambre de niños pasa por mi vera como las huestes de Atila, dejándolo todo perdido de arena. Entonces decido dejar de lado la lectura e intento dormir un poco.
Ya estaba conciliando el sueño cuando unos gritos me despertaron:
-¡Daviiiiiiiiiiid, Juanma, os he dicho que no vayais al agua de momento, aún hace muy poco que merendásteis!
-¡Joooooo, mamá, ¿por qué a mí? siempre a mí. Sabes que me gusta venir a la playa en el turno de mañana.
-¡HE DICHO QUE NO OS VAIS A BAÑAR Y NO OS BAÑAIS, JUGAD UN POCO O NOS VAMOS PARA CASA, HOMBRE YA TAMBIEN!
La cotorra se calló e intenté dormir de nuevo, pero en este caso tampoco pude por culpa de los gilipollas de las motos de agua zumbando para aquí y para allá. Deseé con toda mi alma que se pegaran una buena ostia contra las rocas, o mejor aún, contra aquella motora donde 4 niñatos hijos de papá se lucían ante las chicas del lugar.
Mis amigos estaban en el agua y no había visos de que salieran, entonces decidí dar un paseo hacia unas rocas existentes en un lateral de la playa, tras esas rocas se escondía una cala nudista, allí por lo menos, podía limpiar algo la vista, los pechos ya están muy vistos, prefiero ver cosas más íntimas.
Un par de minutos después ya me encontraba tratando de sortear las rocas, como aún estaban húmedas me resbalé y casi me dejo los dientes allí mismo, pero valía la pena intentarlo.
Una vez fuera del peligro que suponían las rocas me preparé para limpiar la vista.
Y había valido la pena, vaya si había valido la pena, una rubia escultural, bien depilada, rasurada y con unos piercings colocados en lugares estratégicos salió del agua y caminó hacia su toalla. Yo me quedé embobado ante tanta belleza, la lengua se me salió de la boca y la saliba corría por la comisura de mis labios, ¡qué cachonda estaba la tía! Un hormigueo empezaba ya a circular por mi entrepierna cuando de repente:
-¿Se puede saber qué miras? No nos gustan los mirones.
Una figura horripilante se había colado en mi campo de visión. Era una vieja foca, de pellejo arrugado, grasas colgantes y ubres que le llegaban a la rodilla, el sebo también cubría su entrepierna haciendo imposible la verificación exacta de su sexo, aunque las ubres lo decían todo. El cuerpo se me estremeció ante esa asquerosa visión, me quedé petrificado, pero logré responderle:
-No soy ningún mirón, sólo buscaba a una persona, buscaba a mi primo- contesté nervioso.
-¿Cómo se llama tu primo? esta es una cala pequeña y nos conocemos todos.
-Se llama Carlos Alberto, es uno bajito, gordo, calvo y peludo, parece un trol.
-Le conozco, suele venir bastante por aquí, aunque creo que sólo a mirar, pero mientras se desnude y no babee no pasa nada.
-No es de esos- dije.
-Lo que es es un cerdo, le obligamos a ponerse algo lejos porque nos apesta con sus pedos, cualquier día provoca un tsunami dentro del agua.
-Siiiií, eso de los pedos es cosa de familia. Bueno, mcuhas gracias, tengo que irme.
-Adios- se despidió secamente la foca.
Me alejé lo más rápido que pude entre las rocas, terminé resbalando y cayéndome, un reguero de sangre bañaba mi pierna, pero me daba igual, tenía que huir de ese monstruo.
Les hice una seña a mis amigos, me fuí a curar la herida y me marché para casa en el primer autobús que encontré.
20 Minutos después ya estaba en mi casa, pero la imagen de la foca no se alejaba de mi mente, permanecía allí, desafiante. Creo que tardaré en olvidarla.
Y después se quejan las mujeres de la piel de naranja en los muslos (la foca los tenía cuadrados). Yo creo que esos monstruos no deberían ir a la playa y si lo hicieran, deberían multarlas por contaminación visual o impacto medioambiental o algo así, no sé, esas son imágenes que te marcan.

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